El límite de la paciencia: la dignidad del trabajador
En tiempos donde la motosierra apaga chimeneas y la protesta se reprime, el movimiento obrero resiste. Una mirada justicialista sobre un pueblo que aguanta, pero que no se suicida.

El laburante argentino
Días oscuros para la mayoría de los argentinos
Vivimos días oscuros para la inmensa mayoría de los argentinos. Aquellos que se levantan de madrugada para ganarse el pan enfrentan hoy un escenario que duele y castiga. Desde las esferas del poder, no solo se pisotean sus salarios y se licúan sus ingresos frente a la góndola, sino que además reciben la respuesta de los palos y el gas pimienta si cometen el "delito" de salir a la calle a reclamar por lo suyo.
Salvando las distancias, y sin ánimos de sobreactuar el drama, las postales de represión actuales traen a la memoria la sangre derramada por los mártires de Chicago. Protestar por comida o por un salario digno vuelve a ser un acto de arrojo.
La devaluación de la palabra "Representar"
Nuestro pueblo supo forjar victorias históricas que lo elevaron como faro de dignidad. Lo hizo de la mano de gobiernos de raigambre justicialista que no le dieron la espalda, que miraron al trabajador a los ojos, que supieron interpretarlo y, por sobre todo, que lo representaron. Hoy, lamentablemente, la palabra representación se encuentra vaciada, devaluada por años de promesas incumplidas.
Fue precisamente ese hartazgo, ese enojo visceral ante una dirigencia que dejó de escuchar, lo que llevó a gran parte del pueblo a patear el tablero. En su desesperación por un cambio, depositaron su voto en un outsider de motosierra y peinado excéntrico, creyendo genuinamente que el ajuste lo pagaría una casta política que hoy goza de excelente salud.
Chimeneas apagadas y persianas bajas
El saldo de este experimento está a la vista de todos. El consumo se desploma en caída libre, los comercios de barrio bajan definitivamente sus persianas y las chimeneas de las fábricas, el verdadero motor de la patria, se apagan una tras otra.
Sin embargo, hay un profundo error de lectura en ciertos sectores. El progresismo iluminado, desde su atril de superioridad moral, suele tildar al pueblo de ignorante o suicida por sus elecciones electorales. Se equivocan de manera rotunda y soberbia.
La paciencia no es sumisión
El pueblo trabajador argentino no es tonto. Es, sí, inmensamente paciente. Sabe aguantar las crisis, sabe apretar los dientes y estirar el guiso porque lleva el gen de la supervivencia forjado en mil batallas. Pero esa paciencia estoica no debe confundirse jamás con sumisión.
El trabajador espera, observa y tolera hasta que el instinto de preservación toca fondo. Cuando la dignidad es acorralada, el movimiento obrero y el pueblo de a pie dicen basta. Y cuando el peronismo y su base trabajadora dicen basta, como lo han demostrado a lo largo y ancho de nuestra historia, la realidad cruje y el país cambia de rumbo.
La dignidad del laburante será, una vez más, la que termine salvando a la Patria.
